«Memoria de mis putas tristes» es una novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez, publicada en 2004, y fue la última novela que leí frente a las olas en Pier Point Máncora.
Aunque hoy tocaba escribir de RAG o GEO, lo siguiente es más importante.
Empecemos, el New York Times publicó una advertencia que debería sacudirnos: leer, concentrarse, pensar profundo se está convirtiendo en un privilegio de clase. Mientras las élites educan a sus hijos sin pantallas y blindan su atención con rituales de desconexión, millones quedan atrapados en el scroll infinito, el algoritmo que nunca suelta y la imposibilidad de sostener una idea por más de quince segundos.
La fractura ya no es solo económica. Es cognitiva.
En el Perú, esta advertencia golpea distinto. Somos un país donde el 70% de la población accede a internet exclusivamente desde un celular prepago, donde el plan de datos se acaba antes que la curiosidad, y donde TikTok educa más que la escuela en las zonas rurales. No estamos ante una brecha digital cualquiera. Estamos ante la fábrica más eficiente de desigualdad que haya producido la era digital: una que no solo separa a los que tienen acceso de los que no, sino a los que pueden pensar de los que solo pueden reaccionar.
Pero hay una lectura peruana distinta, una que me obsesiona desde hace años y que vale la pena defender. La innovación en el Perú nunca ha venido del confort. Ha venido del desorden. De la necesidad feroz de resolver lo que nadie resolvió. El mismo impulso que hizo de la gastronomía una industria de escala global y que transformó a Gamarra en un ecosistema textil que ninguna política pública diseñó, puede —y debe— aplicarse ahora a la defensa de nuestra capacidad de pensar.
No se trata de prohibir pantallas ni de declararles la guerra a los algoritmos. Se trata de hackear el sistema. Se trata de que la creatividad criolla —esa que resuelve con lo que hay, que improvisa genialidad sin presupuesto, que sobrevive a la burocracia— se ponga al servicio de lo más urgente: preservar la capacidad de detenerse, de dudar, de leer y entender completo.
Hay algo profundamente democrático en la lectura. Leer es elegir a qué prestarle atención. Es ejecutar el acto más rebelde en una economía diseñada para capturarla. Si perdemos eso, no perdemos solo una habilidad. Perdemos la posibilidad de una ciudadanía que no se deje engañar.
El Perú tiene todo para liderar una conversación distinta sobre innovación cognitiva. No desde Silicon Valley, sino desde la esquina donde el ingenio se come a la escasez. Pero necesitamos decidirlo. Porque la desigualdad que viene no se mide en soles. Se mide en capacidad de pensar. Y ahí, por primera vez, todavía estamos a tiempo.
¿Y tú, cuál fue el último libro que leíste?
Hoy este DJ de periódico te invita a escuchar a los Arctic Monkeys y su canción «Do I Wanna Know?»
Te veo pronto.

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